No busco representar a México, resumirlo ni convertirlo en un emblema. Busco algo más simple: que ciertos materiales —un sonido de campo, un vals de salón, una escena de pueblo— aparezcan en mi música con la misma naturalidad con la que aparecen en mi memoria, porque de ahí provienen.
Ser mexicano no es, para mí, una postura estética. Es simplemente el lugar desde donde miro y, cuando hace falta, también el lugar desde donde ejerzo la crítica.
Estas piezas no persiguen el folclor ni lo evitan. Tampoco buscan el espectáculo. Buscan lo mismo que cualquier otra obra de este catálogo: partir de una experiencia concreta y tratarla con el mismo cuidado y el mismo rigor que dedicaría a un vals porfiriano, a un sonograma de Nueva Guinea o a un modo musical de la Grecia antigua.
Estas son algunas de esas pinceladas.



