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Sonogramas

Sobre el método detrás de Erótica y Guerra

Hay instantes humanos que no necesitan ser contados. Necesitan ser sentidos.

Un acto erótico. Una batalla real, grabada en Nueva Guinea. Dos eventos que, en su forma original, pertenecen al mundo de la anécdota: algo que ocurrió, a alguien, en algún lugar. Si los hubiera representado tal cual, habría hecho ilustración. Habría contado una historia.

No fue eso lo que busqué.

Tomé la grabación de cada instante y la convertí en un sonograma: una traducción matemática de sus frecuencias, su ritmo y su textura. A partir de ahí comenzó el verdadero trabajo. Deshice la voz, el grito, el jadeo, el paso. Deshice el lugar, el rostro y el nombre. Eliminé todo aquello que permitiera reconocer el acontecimiento del que provenía.

Lo que sobrevivió fue el patrón.

Porque debajo de cualquier evento humano existe una organización física del tiempo: una manera en que el cuerpo acumula tensión, acelera, contiene y libera energía. Esa organización no pertenece a la anécdota. Pertenece a la biología. Y es lo único que permanece cuando todo lo demás desaparece.

Eso es lo que se escucha en Guerra y en Erótica: no una batalla, no un encuentro, sino la dinámica de un cuerpo real atravesando uno de sus momentos de mayor intensidad, despojado de su historia y convertido en un patrón sonoro.

Por eso Guerra genera tensión sin representar violencia alguna. El oyente no sabe que detrás existe una escaramuza real, pero su cuerpo responde como si reconociera esa organización interna.

Por eso Erótica parece avanzar hacia un punto que se resiste a llegar, hasta que finalmente ocurre. El oyente nunca contempla el acto. Sin embargo, atraviesa su arquitectura temporal.

No pretendo que reconozcan la fuente. Pretendo que hereden el estado.

Mi trabajo no consiste en representar acontecimientos, sino en traducirlos. En llevarlos de la experiencia al patrón, del patrón al sonido y del sonido nuevamente a la experiencia. Allí donde desaparecen los nombres, permanecen las formas del cuerpo. Y quizá sea ahí donde comienza la música.

Ambas piezas nacen de la misma convicción que atraviesa el resto de mi trabajo: hay fuerzas —el deseo, el conflicto, el poder, la memoria— que son anteriores a cualquier forma de contarlas. Cambian los lenguajes. Cambian las épocas.

Los acontecimientos desaparecen. Los patrones permanecen.

Y es en esos patrones donde la música encuentra su materia.

Erótica — portada del álbum de Mauricio de la Maza

Erótica

Erótica es una obra instrumental contemporánea construida sobre una arquitectura híbrida que combina elementos de orquesta de cámara y síntesis electrónica. La pieza se desarrolla a partir de un fundamento grave continuo donde sintetizadores, contrabajo y bajo melódico forman una única estructura de soporte. Sobre esta base se despliegan violas, cuernos, marimbas, xilófonos y mazos sintetizados que dialogan entre sí mediante patrones de repetición, variación y respuesta. La energía de la obra no surge de cambios abruptos ni de explosiones percusivas. Su movimiento proviene de la acumulación gradual de densidad, timbre y tensión interna. Los ciclos armónicos generan aproximaciones a la resolución sin agotarla por completo. La percusión cumple una función orgánica más que rítmica: el pulso permanece presente como una referencia fisiológica constante, cercana a la respiración o al latido. La imagen del álbum dialoga con el realismo intimista de finales del siglo XIX y principios del XX. Tres personajes. Una vela. Un instante suspendido que no termina de resolverse.

Guerra — portada del álbum de Mauricio de la Maza

Guerra

Guerra es una exploración sonora del estado de preparación colectiva que precede al conflicto, más que del conflicto mismo. A partir de la grabación documental de una escaramuza tribal, la pieza transforma voces humanas reales en una masa armónica y rítmica que funciona, simultáneamente, como memoria, territorio e identidad. Lejos de representar violencia o victoria, la música habita una tensión suspendida donde coexisten la confrontación y el respeto, la alerta y la calma, la competencia y la pertenencia. El resultado es un paisaje ritual contemporáneo que no narra una batalla, sino la conciencia compartida de una comunidad que conoce la guerra, convive con ella y encuentra en esa posibilidad una forma de cohesión y reconocimiento mutuo.

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