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Barreras de entrada

Barreras de entrada

Por: Mauricio de la Maza-Benignos / 31 de Julio, 2026

Jamás me meto en la fila de las tortillas.

No porque crea que el mundo funcione así, sino porque creo que yo debo funcionar así.

Tampoco me sorprende cuando alguien se mete. La realidad no consulta mis principios antes de existir. Si alguien decide hacerlo, confirma una realidad sobre el mundo, no necesariamente una obligación para mí.

Pero supongamos que un día descubro que la fila está tan descompuesta que quien la respeta se queda sin tortillas.

Mi conclusión tampoco sería que debo convertirme en el siguiente que se mete.

Simplemente entendería que necesito otra estrategia.

Tal vez llevar repelente anti-metiche.

Tal vez comprar pan.

Con los años descubrí que casi toda mi vida opera bajo esa misma lógica.

Cuando comencé mi carrera cinematográfica hice lo mismo que hacen miles de cineastas independientes: pagar por intentar entrar a un festival. En aquel momento no me parecía extraño. Simplemente entendía que, además de hacer una película, había que encontrar la manera de que alguien la viera.

Con el tiempo descubrí que ese acto aparentemente simple —pagar una cuota de inscripción— contenía una pregunta mucho más profunda de lo que imaginaba.

¿Existe realmente una forma justa de entrar a una industria creativa?

Durante años pensé que la respuesta consistía en encontrar el festival correcto, la plataforma correcta o el modelo correcto.

Hoy creo que esa búsqueda parte de una premisa equivocada.

No existe un modelo de entrada completamente justo.

Toda institución establece una barrera. A veces es económica. A veces es geográfica. A veces es técnica. A veces es simplemente una consecuencia inevitable de la escala.

La pregunta honesta no es cuál sistema es puro.

La pregunta es otra:

¿Qué haces cuando descubres que el sistema dentro del cual operas no coincide con el sistema en el que crees?

Ésa fue la verdadera pregunta que terminé aprendiendo en el cine.

Y con el tiempo comprendí que nunca trató realmente sobre el cine.

Alfombra roja, festival internacional de cine.
Alfombra roja, festival internacional de cine.

Los festivales de cine son, en el fondo, un filtro. Alguien decide qué se ve y qué no. Ese filtro cuesta dinero operarlo, así que casi siempre cuesta dinero también participar en él.

La cifra varía enormemente según el festival. Lo que no varía es la lógica: hay una puerta, y la puerta tiene un precio, y ese precio no siempre corresponde a lo que cada quien puede pagar.

Las estadísticas que sí existen, documentadas, son elocuentes por sí solas. El promedio de aceptación en festivales de cine ronda el 13%. En los más codiciados del mundo —los que uno imagina cuando piensa en "llegar"— la cifra cae muy por debajo del 1%. Sundance, por ejemplo, ha hecho pública en distintos años la relación entre sumisiones recibidas y películas seleccionadas: miles contra un puñado. SXSW recibe alrededor de ocho mil sumisiones al año y programa apenas un par de cientos.

Cannes ni siquiera necesita estas cifras para pertenecer a esa conversación. Es, junto a otro puñado de nombres, uno de los cinco festivales más relevantes del planeta —y como tal, opera con una lógica de escasez que no requiere explicación adicional: cuanto más codiciada la puerta, más gente se queda del otro lado, casi por definición.

Y aquí está lo que tardé años en aceptar: esas probabilidades formales ya son la versión optimista del problema. Asumen que todos compiten desde el mismo punto de partida. No contemplan que, dentro del mismo lote de sumisiones, alguien puede tener un apellido, un contacto, una historia previa que lo acerca más a la conversación antes de que su película se haya proyectado una sola vez. La estadística no mide eso. Solo mide lo que sí se puede contar.

Durante un tiempo pensé que la solución era indignarme. Después entendí que la indignación no cambia una fila. Solo la mira desde lejos.

Lo que sí cambia algo es lo que decidí hacer cuando, años después, tuve la oportunidad de construir un sistema propio.

No hablo aquí para señalar a nadie. Hablo para describir una elección.

No fundé el festival de conservación al que hoy dedico buena parte de mi tiempo. Lo fundó Christopher Gervaise, un amigo. Peleó contra el cáncer durante años, y un día perdió esa pelea. La responsabilidad de que el proyecto sobreviviera —y de que sobreviviera bien— pasó a mis manos, casi sin aviso previo. No llegué con un plan propio. Llegué con la obligación de tomar decisiones rápido, sabiendo que ya no había margen para pedirle su opinión a quien lo había empezado todo.

Si hoy ese festival sigue de pie, en su decimosexta edición, y es referencia en su nicho a nivel mundial, no es mérito mío. Es la visión de Christopher sostenida por un equipo que decidió, junto conmigo, que el proyecto merecía seguir existiendo. Yo solo compartí una de las decisiones que nos tocó tomar juntos: qué tipo de puerta queríamos construir para que otros entraran a lo que él había imaginado. No vendemos nada más allá de la inscripción: ningún paquete para "mejorar" una selección, ninguna publicidad para destacar una película sobre otra después de haber pagado la entrada. Una vez adentro, el resultado no se compra.

Tampoco entregamos premios en efectivo. Lo que se ofrece es visibilidad —un sello, la posibilidad de que una plataforma de distribución catalogue esa película como reconocida— no un cheque que perseguir. Existe una categoría reservada para producciones de presupuesto mínimo, porque un documental filmado con tres mil dólares y uno filmado con varios millones no deberían medirse con la misma vara solo porque pagaron la misma cuota. Y no se cobra inscripción a quienes vienen de países atravesando sanciones o crisis, ni a quienes filman en las comunidades donde el festival tiene sede: quien ya carga una barrera estructural para llegar hasta la puerta no debería, además, pagar por cruzarla.

Ninguna de estas decisiones resuelve el problema del todo. Sigue habiendo una cuota estándar para quien no cae en ninguna categoría de excepción. Sigo sin poder ofrecer, a cada una de las cientos de películas que llegan, la misma atención personal que sí puedo darle a un puñado que busco activamente porque vienen de lugares que el circuito suele ignorar. El tiempo no alcanza. Nunca alcanza. Y prefiero decir esto con claridad, en vez de fingir un sistema perfectamente objetivo que no existe: hay un sesgo deliberado en cómo reparto mi atención, y no pretendo que sea neutral.

Lo que sí puedo decir es que ninguna de esas reglas nació de la indignación hacia otros modelos. Nacieron de una pregunta distinta: si algún día tengo el poder de decidir las reglas, ¿qué tipo de puerta quiero construir?

Esa pregunta, con el tiempo, resultó ser más grande que el cine.

Si esta forma de pensar sirve para algo, no es porque resuelva festivales. Es porque se puede aplicar a cualquier institución, cualquier fila, cualquier puerta. El mismo ejercicio —entender primero cómo funciona el sistema, después decidir si quiero funcionar igual— no se queda en el cine. Lo aplico también en el terreno más incómodo que conozco.

Hay una barrera de la que no he hablado todavía, y es probablemente la más dolorosa de todas: la discriminación. Y su contraparte, casi nunca nombrada en la misma frase: la cuota.

Son dos extremos del mismo problema, aunque parezcan opuestos.

La discriminación decide quién entra según algo que no tiene relación con el mérito de la obra —el origen, el color, el apellido, el género de quien la hizo—, y ese acto, en sí mismo, es real y es terrible, porque no solo cierra una puerta: atenta contra la dignidad de quien la enfrenta. De eso no tengo duda alguna.

La cuota nace, casi siempre, como respuesta a esa misma herida. Y ahí es donde el problema se vuelve más difícil de nombrar, porque cuestionar el remedio se confunde fácilmente con negar la herida. No es lo mismo. Se puede sostener, al mismo tiempo, que la discriminación es innegable y que no toda cuota, aplicada sin cuidado, cura lo que se propone curar. Una institución que decide priorizar cierto perfil para corregir una ausencia histórica —pienso, por ejemplo, en el tipo de criterios que instituciones como IMCINE han incorporado en sus convocatorias— puede estar respondiendo a algo real. Pero el mérito de la intención no garantiza la precisión del remedio. Vacunar contra el parvovirus no cura la rabia, aunque ambas sean enfermedades reales y ambas merezcan una vacuna.

No creo tener la solución universal a esto. Sospecho que nadie la tiene, y desconfío de quien la ofrece con demasiada seguridad.

Lo que sí tengo es la misma brújula de siempre, la de la fila de las tortillas.

No discrimino. No porque crea que el mundo dejará de hacerlo si yo no lo hago, sino porque yo debo funcionar así.

Tampoco exijo que una cuota me garantice un lugar que no gané compitiendo. No porque las cuotas no respondan a algo real, sino porque prefiero que mi lugar, cuando lo tengo, no cargue esa duda.

Y cuando veo que el sistema —de un lado o del otro— está descompuesto, mi respuesta sigue sin ser convertirme en el siguiente que se mete en la fila, del lado que sea. Sigue siendo buscar otra estrategia. Llevar repelente. Comprar pan.

Sé que esto suena contraintuitivo. Circula mucho, con mucha seguridad, una sabiduría popular que dice lo contrario: no pierdas tu tiempo en lo pequeño, apuesta todo a lo grande, lo demás es conformismo. Creo que esa seguridad ignora la aritmética. Apostar todo a la probabilidad más baja del planeta, mientras se descarta cualquier opción intermedia solo porque es menos vistosa, no es la estrategia más ambiciosa. Es, casi siempre, la más ingenua.

Prefiero pensarlo como se piensa una cartera de inversión. No se apuesta todo el capital a un solo instrumento de rendimiento improbable. Se construye una mezcla: algo de riesgo alto, algo de probabilidad razonable, algo seguro. Con los festivales aprendí a hacer lo mismo. No dejo de intentar los más grandes. Tampoco desprecio los que, sin ese prestigio máximo, sí ofrecen algo real: una curaduría honesta, una puerta que no excluye por dinero ni por escala, un sello que efectivamente abre algo del otro lado.

Con los años até estas piezas sueltas —las tortillas, los festivales, el dinero, la identidad— y finalmente entendí que compartían un mismo eje, más profundo que cualquiera de ellas por separado.

Hay sistemas dentro de los que decido entrar, sabiendo que no son míos. Un procedimiento judicial. Un examen. El reglamento de un festival al que someto mi trabajo. Ahí opero bajo reglas que no escribí, y no pretendo que sean distintas de lo que son.

Y hay sistemas que, cuando tengo la oportunidad, me toca ayudar a sostener junto a otros. Un festival que no fundé, pero que un equipo y yo nos negamos a dejar morir. Un ensayo. Una película. Una manera de tratar a las personas que dependen de una decisión mía. Ahí sí soy responsable de que las reglas se parezcan a lo que creo que deberían ser.

No confundo los dos planos. No exijo que el mundo entero funcione como creo que debería, ni renuncio a que, donde depende de mí, se acerque a eso.

Comencé pensando en hablar sobre festivales de cine. Los festivales fueron la excusa. Terminé aprendiendo algo más amplio: cómo se conserva la coherencia cuando se vive, al mismo tiempo, dentro de sistemas que uno no eligió y sistemas que uno sí construyó.

Sé que operar así, en esa zona intermedia, tiene un riesgo. La claridad no es automática. Sin ella, la corriente jala —casi siempre hacia el lado oscuro, no hacia el virtuoso—, y lo que parecía criterio se convierte en excusa. Por eso esta forma de pensar exige más disciplina interna, no menos. No es un permiso amplio. Es una vigilancia constante sobre uno mismo.

El escritorio de trabajo, al final del día.
El escritorio de trabajo, al final del día.

En mi última película, "El gran Makhaira", escribí una línea que he vuelto a pensar más de lo que esperaba: la conciencia no te da el poder de elegir el mundo; te quita el derecho de fingir que no lo ves.

No creo que el mundo vaya a volverse más justo porque yo entienda esto. Pero ya no puedo actuar como si no lo entendiera.

Mauricio de la Maza-Benignos

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