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El mundo de los entes-eco

El mundo de los entes-eco

Por: Mauricio de la Maza-Benignos / 3 de Agosto, 2026

He tenido el privilegio de tratar, en el mismo plano —profesional, personal, sin la jerarquía que normalmente separa a quien pregunta de quien responde— a boomers de verdad y a centennials de verdad. No a la caricatura que cada generación hace de la otra desde lejos, sino a la persona con nombre, con historia, con las contradicciones que cualquier individuo tiene y que ninguna etiqueta generacional captura. Eso deja una observación difícil de ignorar: hay patrones. No en cada individuo —ningún patrón sobrevive al contacto con una sola persona real— pero sí en el agregado, de la misma forma en que cualquier tendencia sobrevive a sus excepciones sin negarlas.

Lo que sigue es el intento de identificar esas variables, suponer asociación entre ellas, y ver si la hipótesis resultante sobrevive a la comparación con lo único que tenemos para poner un patrón nuevo en contexto: los patrones que ya ocurrieron antes.

Hay una comparación que se repite cada vez que alguien intenta ubicar a esta generación en el mapa de las que la precedieron: se parece a la Generación Silenciosa. Aversión al riesgo económico, hitos vitales retrasados, un conformismo que contrasta con la generación inmediatamente anterior — el paralelo tiene sustento demográfico real, y sin embargo algo en él se siente incompleto apenas se enuncia. La Generación Silenciosa fue cauta porque había atravesado una guerra y una depresión: el peligro que moldeó su conducta era externo, identificable, con nombre y fecha de término. Aquí no hay guerra. Habría que preguntarse, entonces, si el parecido es de superficie —los síntomas coinciden, la causa no— antes de aceptar la comparación como algo más que una coincidencia estadística.

La siguiente comparación que aparece y que corrige parcialmente a la primera es la victoriana. Menos actividad sexual, menos alcohol, una estética de recato que ha empezado a llamarse "new Victorian" sin ironía. Esta comparación tiene una ventaja sobre la anterior: no depende de una guerra. Depende de una moral. Pero ahí mismo se rompe, porque el victorianismo era una moral teológica, y esta generación es, en casi cualquier medición disponible, menos religiosa que la que la formó. Se puede ser recatado sin ser puritano, del mismo modo que se puede guardar silencio sin tener nada que confesar. Si el parecido conductual no viene acompañado del parecido ideológico que se supone que lo explica, entonces el victorianismo tampoco es la respuesta completa — es, otra vez, un síntoma compartido con una causa distinta.

Lo que queda, descartadas las dos explicaciones más citadas, es una pregunta que ninguna de las dos comparaciones históricas está diseñada para responder: qué tipo de peligro produce cautela sin necesitar ni guerra ni teología detrás. Porque un peligro tiene que existir. La cautela no aparece sola.

Vale la pena detenerse un momento en lo que significaba, para un victoriano, tener un juez con nombre. Cuando Livingstone regresó a Inglaterra después de sus primeras expediciones, las multitudes lo cargaron en hombros como a un héroe nacional —la ciencia, la fe y el imperio celebrando a la misma persona sin sentir contradicción entre las tres. Años después, cuando Stanley finalmente lo encontró en Ujiji, a orillas del lago Tanganica, después de meses buscándolo por un continente que Europa apenas empezaba a cartografiar, la frase que pronunció —"Dr. Livingstone, supongo"— sigue funcionando como chiste ciento cincuenta años después precisamente porque encapsula esa certeza: en medio de la nada, rodeado de un mundo que no reconocía, Stanley sabía exactamente a quién tenía enfrente, y el mundo entero que leyó la noticia sabía también cómo calificar la escena. Había un obispo, o el equivalente moral de un obispo, capaz de decir con autoridad incuestionable qué era heroico, qué era pecado, y quién merecía ser cargado en hombros. La autoridad podía ser injusta, colonial, ciega a sí misma en maneras que hoy resultan evidentes —pero era una autoridad, con nombre y con investidura, y eso significaba que el veredicto, una vez emitido, se quedaba quieto.

El encuentro entre Stanley y Livingstone en Ujiji, a orillas del lago Tanganica.

El mismo aparato que cargó a Livingstone en hombros encarceló a Oscar Wilde. En 1895, un tribunal lo declaró culpable de "grave indecencia" bajo una ley de 1885 que criminalizaba cualquier acto íntimo entre hombres, y lo condenó a dos años de trabajos forzados —la pena máxima permitida. Que el proceso tuviera forma no hace la condena menos brutal, y conviene decirlo así de directo antes de seguir: la ley era una funa institucionalizada, un linchamiento social al que se le dio toga y expediente. Wilde no escapó del juicio de la multitud por tener un juicio con juez; tuvo exactamente el mismo juicio, solo que sellado con autoridad del Estado. Lo que la forma legal aportó no fue justicia —no la hubo— sino trazabilidad: un artículo específico, un tribunal con nombre, una sentencia registrada, dos años, ni uno más, sin importar cuánto durara el escándalo en la prensa. La injusticia de la condena importa aquí por una razón distinta a la injusticia misma: demuestra que el problema nunca fue la existencia de un juez. Fue, siempre, el tipo de juez.

La marca que activa ese mecanismo no tiene que ser la conducta sexual. Dos siglos y medio antes de Wilde, la misma estructura —institución con nombre, cargo específico, sentencia archivada— condenó a Galileo por sostener que la Tierra se movía alrededor del Sol. El Santo Oficio lo declaró "vehementemente sospechoso de herejía" en 1633, lo obligó a abjurar de rodillas ante los cardenales, y lo condenó a arresto domiciliario por el resto de su vida —una sentencia, a diferencia de la de Wilde, sin fecha de término: murió bajo esa condena nueve años después, casi ciego, habiendo terminado en cautiverio la obra que sentaría las bases de la física de Newton. La marca aquí no fue el cuerpo ni el deseo. Fue una conclusión matemática que la institución consideró incompatible con su propia frontera entre lo pensable y lo herético. El mecanismo es idéntico al que condenó a Wilde —una sociedad que necesita una línea visible entre lo que tolera y lo que expulsa, y un caso ejemplar que la haga visible— pero la marca cambia según qué transgresión necesite señalar cada época: el cuerpo en la Inglaterra victoriana, la idea en la Roma de la Contrarreforma. Ninguna de las dos condenas se justifica por tener forma. Pero la forma —el artículo, el tribunal, el expediente— es lo único, en ambos casos, que el presente perdió por completo, y perderla no volvió más justo ningún castigo que siga ocurriendo sin ella. Lo volvió, simplemente, sin fondo. Galileo demuestra lo que Wilde por sí solo no podía: que la marca que activa el mecanismo es intercambiable. El cuerpo, la idea — cualquier cosa sirve, mientras sirva para trazar la línea.

Hace falta, sin embargo, precisar qué es exactamente lo que Wilde y Galileo perdieron y qué es lo que perdieron además, porque son dos cosas distintas y conviene no fundirlas. Lo primero que perdieron fue el juicio formal: una institución, un cargo, una sentencia registrada, con término fijo o sin él. Lo segundo que perdieron —antes del tribunal, en paralelo a él, y mucho después de cumplida la condena— fue el juicio público: la prensa que convirtió la vida privada de Wilde en espectáculo, la multitud que lo condenó fuera de la corte con la misma certeza que dentro; el aislamiento intelectual que rodeó a Galileo incluso después de que la ciencia europea, en privado, ya sospechara que tenía razón. Ese segundo juicio no es nuevo. Es tan antiguo como la hoguera que ardía antes de que existiera cualquier tribunal ilustrado que la reemplazara. Lo que sí es nuevo es la relación entre ambos. Antes, el juicio público corría en paralelo a una institución que, tarde o temprano, absorbía el caso y lo cerraba —con una sentencia justa o injusta, pero sentencia al fin. Hoy el juicio público no corre en paralelo a nada. No hay institución que lo intercepte, ni siquiera una injusta. Corre solo, y por eso no termina nunca: no hay expediente que archivar, porque nunca hubo expediente que abrir.

Oscar Wilde en sus últimos días en París.

Queda todavía una precisión antes de dejar el siglo XIX atrás, porque el mecanismo que condenó a Wilde no dependía de la teología victoriana, y confundir esos dos puritanismos es lo que hizo, párrafos atrás, que la comparación entre esta generación y la victoriana pareciera romperse. Hay un puritanismo que es exceso de restricción conductual, y hay un puritanismo teológico en sentido estricto —dogma, iglesia, pecado nombrado en escritura— y son cosas distintas, aunque compartan la misma palabra. Lo que condenó a Wilde no fue, en el fondo, la doctrina de una iglesia particular: fue la necesidad estructural de una sociedad que organiza su cohesión moral alrededor de una frontera visible entre lo aceptable y lo inaceptable, y que por eso mismo necesita, de tiempo en tiempo, un caso ejemplar que haga esa frontera visible para todos. La restricción conductual no necesita dogma para generar esa necesidad. Se basta a sí misma.

Esto reabre, en vez de cerrarla, la pregunta con la que empezó esta sección. Se había descartado el paralelo victoriano porque esta generación es, en casi cualquier medición disponible, menos religiosa que la que la formó —pero esa objeción solo vale contra el puritanismo teológico, no contra el conductual. Una sociedad puede restringir su conducta tanto como la victoriana, o más, sin necesitar ninguna teología que lo sostenga, y seguir generando la misma necesidad estructural: una frontera, y alguien que la cruce en público para que los demás sepan exactamente dónde está trazada.

Galileo abjura de rodillas ante los cardenales del Santo Oficio.

La prueba de que el mecanismo no depende de Dios, en ningún sentido, ni para activarse ni para desactivarse, está en el mismo siglo que abolió a Dios por decreto. La Unión Soviética decriminalizó la homosexualidad en 1917, como parte del principio revolucionario de desmontar la moral zarista. Dieciséis años después la volvió a criminalizar —no como pecado, sino, textualmente, como delito contra el Estado, en la misma categoría penal que el bandidaje y el espionaje, parte de una campaña contra la "degeneración occidental". El régimen más oficialmente ateo del siglo veinte produjo el mismo instrumento que la Inglaterra victoriana, con el mismo objetivo estructural: una frontera visible entre lo que el cuerpo social tolera y lo que expulsa, sostenida sin necesitar ninguna escritura sagrada, solo la necesidad de la pureza ideológica de mostrarse pura ante sí misma. Y una sociedad religiosa puede hacer exactamente lo contrario: sostener, desde su propia doctrina del libre albedrío, que no le compete juzgar la conducta ajena, porque el juicio pertenece a otra instancia que no es la comunidad. La variable que produce la injusticia, entonces, no es la presencia de Dios ni su ausencia. Es la necesidad de la frontera —y esa necesidad puede vestirse de teología, de ciencia del Estado, o de ninguna de las dos. El mecanismo sobrevivió al cambio de religión porque nunca dependió de la religión.

La marca que define la frontera, además, no tiene por qué ser la sexualidad o la idea, y puede intensificarse hasta perder cualquier forma de contención. En la China de la Revolución Cultural, la campaña contra los "Cuatro Viejos" —viejas ideas, vieja cultura, viejas costumbres, viejos hábitos— convirtió el pensamiento mismo en la marca de impureza: intelectuales, maestros, cualquiera que representara continuidad con el pasado, fueron sometidos a sesiones públicas de denuncia donde debían confesar crímenes que en su mayoría no habían cometido, ante multitudes que combinaban acusación y castigo en un solo acto. En la Camboya de los jemeres rojos, unos años después, la marca llegó a ser literalmente los anteojos: usarlos era evidencia de saber leer, saber leer era evidencia de ser intelectual, y ser intelectual bastaba como sentencia. En ambos casos desaparece algo que incluso el proceso más injusto de los anteriores todavía conservaba: el intervalo entre la acusación y el castigo. Wilde tuvo, al menos, semanas entre el arresto y la condena; Galileo, meses entre la citación y la sentencia. En la sesión de lucha china o en el reconocimiento de un par de lentes en un puesto de control camboyano, la acusación y la ejecución del castigo son el mismo instante. No hay expediente porque no hay tiempo en el que un expediente pudiera existir. China y Camboya muestran el límite del espectro: lo que ocurre cuando la frontera deja de necesitar cualquier intervalo entre sospecha y sentencia.

Un cuadro de los jemeres rojos inspecciona unos anteojos en un puesto de control camboyano.

El debate mismo —quién había encontrado de verdad la fuente del Nilo, Speke con su Lago Victoria o Burton con su escepticismo metódico— tenía la misma textura que cualquier disputa de hoy: dos hombres convencidos, un público dividido, acusaciones cruzadas de mala fe y de datos incompletos. La Royal Geographical Society programó el debate público para septiembre de 1864. Speke murió el día anterior, cazando perdices, en circunstancias nunca del todo aclaradas; corrió de inmediato el rumor de que se había disparado él mismo antes que enfrentar a Burton frente a la sala. El rumor probablemente sea falso. Que haya nacido y se haya sostenido dice, de cualquier forma, algo real sobre la temperatura de esas discusiones: no eran menos viscerales que las de ahora, no tenían menos ego en juego, no producían menos sospecha entre bandos. Era, en un sentido literal, el internet de su época —la misma urgencia de tener razón en público, la misma multitud de espectadores no expertos tomando partido.

Lo que cambia no es la intensidad del conflicto. Es su arquitectura. El debate Speke-Burton tenía una teleología clara: la ciencia geográfica se entendía a sí misma como una acumulación hacia la verdad completa del mapa, y quien ganara el debate no ganaba solo prestigio, resolvía el problema para todos los que vinieran después. Tenía también una epistemología con reglas explícitas —evidencia de campo, medición, testimonio corroborado— y una ontología de la autoridad que, aunque hoy resulte incómoda, era clara: la ciencia decidida por sociedades como la Royal Geographical, validada por hombres investidos de credencial y clase, era la que fijaba el veredicto. La ciencia no era un insumo entre otros. Era el árbitro.

Esa arquitectura sigue vigente, pero con una pieza movida de lugar. La ciencia continúa resolviendo problemas del mundo —eso no cambió, y sería un error nostálgico pensar que sí—, pero dejó de ser árbitro para convertirse en fuente. La diferencia es estructural: un árbitro decide quién tiene razón y cierra el caso; una fuente aporta conocimiento que cualquiera puede usar, ignorar o distorsionar, sin que exista ya una sociedad geográfica investida de autoridad para fijar el resultado. Y el conocimiento mismo, correctamente, dejó de depender del prestigio de quien lo enuncia: no hace falta ser un explorador victoriano con apellido y expedición financiada para que una observación cuente. La genera cualquiera —inteligente, formado, pero común, sin investidura— y eso es una mejora real sobre el sistema anterior, no una pérdida. Lo que se perdió no fue la calidad del conocimiento. Fue la institución que, al final del debate, decía basta, aquí termina la discusión, esto es lo que sabemos ahora.

Todo conflicto anterior a este, en los últimos ciento cincuenta años, tuvo territorio. No siempre territorio físico —a veces bastaba un barrio, una confesión, un lado de un muro— pero sí una frontera que el cuerpo podía cruzar o evitar cruzar. El enemigo, aunque invisible casi todo el tiempo, tenía un lugar donde no estaba: no estaba en tu mesa, no estaba en tu iglesia, no estaba en tu calle. Esa certeza geográfica, por mínima que fuera, permitía algo que ahora falta: una zona sin vigilancia, un momento del día en que no hacía falta preguntarse de qué lado se estaba parado.

Esa frontera no existe para quien ha crecido con un teléfono en la mano. El colega que celebra el mismo chiste por la mañana puede ser, por la tarde, el que señala el error de vocabulario que te vuelve sospechoso. No cruzó ninguna línea para pasar de aliado a acusador: nunca hubo línea, porque amigo y enemigo comparten el mismo canal, a veces la misma persona, sin ningún aviso previo de que el terreno había cambiado. Lo que cambió no fue el interlocutor. Fue el ángulo desde el que, de pronto, alguien decidió mirarlo.

Vale la pena resistir aquí una tentación fácil, porque el error llevaría a diagnosticar mal el sistema completo: pensar que el influencer de hoy ocupa el lugar del obispo victoriano. No lo ocupa. El obispo tenía autoridad para cerrar el caso —su palabra, o la de la institución que representaba, era el punto donde el juicio se detenía. El influencer no cierra nada. Amplifica. Es el feligrés ejemplar, no el juez: la persona que modela públicamente cuál es la conducta correcta y señala, con el mismo gesto, cuál es la incorrecta, pero sin ninguna autoridad para declarar el caso resuelto. El cierre —si es que hoy existe algo parecido a un cierre— no lo produce ninguna persona ni ninguna institución. Lo produce la suma: miles de reacciones individuales, el algoritmo que decide qué amplificar, el miedo reputacional distribuido en cada uno de los que observan sin participar. El influencer no reemplazó a la institución. Forma parte de una arquitectura que ya no necesita ninguna.

Ese hallazgo obliga a revisar los dos precedentes ya descartados, no para resucitarlos enteros, sino para ver qué fragmento de cada uno sí sobrevive. El victoriano temía a un juez con nombre: el párroco, el vecino que sí iba a misa y él no. Sabía, con precisión, de quién cuidarse. El habitante de la Guerra Fría temía al infiltrado —el vecino que podía ser comunista sin parecerlo—, y ahí el miedo empieza a acercarse a lo que se describe aquí: un peligro sin rostro fijo, que podía estar en cualquier parte. Pero incluso el macartismo, la versión más paranoica de esa sospecha, tenía un aparato que en algún momento fijaba veredicto: un comité, una lista, una comparecencia. El acusado podía negar, apelar, ser exonerado o condenado, y una vez resuelto el caso, el caso quedaba resuelto.

Aquí no hay comité. El veredicto no lo dicta ninguna institución estable, sino el ciclo de atención de las últimas veinticuatro horas —que no tiene apelación porque no tiene autoridad fija a quien apelar, y no tiene memoria porque el mismo clip que te condena hoy puede ser olvidado mañana o revivido dentro de tres años, sin que ninguna lógica narrativa explique por qué entonces y no antes. Es una vigilancia sin territorio, ejercida por un juez sin nombre, bajo un régimen sin cierre. Y frente a un peligro con esas tres características, la pregunta que cerraba la sección anterior ya tiene una respuesta parcial: no hace falta guerra ni teología para producir cautela permanente. Basta con que el castigo sea posible en cualquier momento, venga de cualquier persona, y no tenga fecha de prescripción.

Queda una pregunta por responder, y es la que de verdad importa: frente a un sistema con esas características, ¿cuál es la conducta racional?

No hace falta apelar a ningún rasgo generacional para contestarla. Basta con modelar el problema como lo haría cualquier agente que calcula el retorno esperado de una acción antes de tomarla. Si la exposición pública tiene una probabilidad constante de castigo, si ese castigo puede ser desproporcionado a la falta, y si no existe institución que limite su duración ni su alcance, entonces la exposición pública deja de ser una apuesta razonable, sin importar cuánto valga el premio si sale bien. No es que el riesgo sea alto. Es que el riesgo no se puede calcular, y un riesgo que no se puede calcular no se gestiona con más cuidado: se evita por completo.

Esto obliga a revisar, con esta herramienta nueva, la comparación victoriana que abrió toda la sección. Menos actividad sexual, menos alcohol, una estética de recato — los datos no cambian, pero la explicación sí. No hace falta que esta generación haya adoptado un código moral restrictivo por convicción, ni religiosa ni estética, para producir esos números. Basta con que haya entendido, con la misma claridad con que un agente racional entiende cualquier sistema de incentivos, que el silencio y la invisibilidad reducen la superficie de exposición en un entorno donde cualquier gesto puede convertirse en evidencia. No es una generación pudorosa. Es una generación que calculó bien.

Esta reinterpretación tendría poco peso si aplicara solo a la conducta de los jóvenes frente a una cámara. Lo que le da fuerza es que el mismo cálculo aparece, con la misma estructura exacta, en ámbitos que no tienen nada que ver entre sí y que no comparten generación, edad, ni cultura digital.

Un modelo de lenguaje entrenado para evitar respuestas que puedan usarse mal se comporta, ante una pregunta sobre diferencias entre grupos humanos, exactamente como el joven frente a la cámara: no porque carezca de la información, sino porque el costo esperado de decir algo aprovechable por un lector malintencionado supera, en el cálculo que el entrenamiento le impuso, el beneficio de decir la verdad completa a un lector competente. Un árbitro de una revista científica rechaza una descripción taxonómica basada en un carácter morfológico válido, no porque el carácter esté mal usado, sino porque exigir un marcador molecular adicional —aunque la revista no lo requiera como política editorial— es la forma menos costosa de parecer riguroso ante una comunidad que aprendió a desconfiar de la morfología después de los casos, reales pero puntuales, de especies crípticas. Y una conversación sobre genética de poblaciones humanas se cierra antes de empezar, no porque la ciencia carezca de hallazgos sólidos y bien replicados —persistencia de lactasa, adaptación a la altitud, resistencia a la malaria, metabolismo diferencial de fármacos— sino porque cualquier afirmación sobre diferencia poblacional corre el riesgo de ser leída, fuera de su contexto metodológico, como una reencarnación del racismo científico del siglo diecinueve.

Los tres casos comparten una misma estructura, y vale la pena nombrarla con precisión antes de seguir, porque de esa precisión depende que el argumento no colapse en una defensa genérica de decir cualquier cosa sin medida. Hay una diferencia entre objetar un método y negar una verdad, y las tres retiradas que se acaban de describir nacen de confundir la primera con la segunda. Objetar un método es legítimo: exigir marcadores moleculares donde hay sospecha fundada de criptismo, exigir matices donde la evidencia es débil, exigir que una generalización estadística no se lea como sentencia sobre el individuo. Negar una verdad es otra cosa: es que ninguna cantidad de evidencia, por sólida que sea, logre que la conclusión se diga, porque el veto no depende del dato sino del tema. La ciencia se corrige con más evidencia. La censura no se corrige con nada, porque no fue nunca un argumento sobre evidencia — fue, desde el principio, un argumento sobre a quién le conviene que algo se sepa.

Hay una manera de objetar un método sin que la objeción se convierta en veto sobre nadie más, y vale la pena describirla porque marca el límite exacto de lo que aquí se defiende. Alguien puede rechazar, por convicción propia, cualquier experimentación con animales para curar una enfermedad humana grave — incluso si se cumplieran las dos condiciones que harían ese experimento defendible en cualquier cálculo utilitario: que el resultado esperado justifique el costo, y que no exista un método alternativo menos cruel. Esa persona no está negando que la enfermedad deba curarse. Está negando un camino específico hacia la cura, y ejerciendo esa negación sobre su propia conducta — no experimenta, no participa, no financia — sin escalarla a coerción sobre quien piensa distinto. No sale a incendiar laboratorios. La objeción de método, para ser legítima, tiene esa forma: se declara, se limita a la conducta propia o a una política transparente y conocida de antemano, y deja que la verdad siga circulando por otros caminos. El árbitro que exige ADN sin fundamento no está en esa posición. Está imponiendo, sin mandato declarado, su preferencia personal sobre el trabajo ajeno — y llamando a eso rigor.

Queda, sin embargo, un argumento en contra que merece tomarse en serio, porque no depende de que la conclusión censurada sea falsa, sino de que sea cierta y explotable. La ciencia tiene un mecanismo de autocorrección: un carácter mal usado se refuta con más datos, un paper erróneo se retracta, una hipótesis falsa muere por falsación, todo dentro de un círculo de revisión que puede digerir el error con el tiempo. Una conclusión sobre grupos humanos, una vez liberada al discurso público, no tiene ese mismo circuito de contención. Escapa del canal técnico hacia el canal político, mediático, de política pública, donde ya no compite con otros papers sino con titulares y con el sesgo de confirmación de quien la lee sin el contexto que la sostenía. Y si alguien la usa para justificar una exclusión, el daño ocurre antes de que cualquier corrección alcance a esa velocidad. Bajo esa lógica, el filtro no duda de la metodología del científico competente: duda de lo que le pasa a la verdad cuando sale de su control y llega al peor lector posible, multiplicado por millones.

Es un argumento real, y no se resuelve mostrando que es exagerado. Se resuelve notando que comete el mismo error que ya se identificó en Wilde y en Galileo, solo que en sentido inverso. Wilde y Galileo perdieron el juicio formal porque una institución con nombre decidió que su conducta o su idea cruzaba una frontera que la sociedad necesitaba defender. El argumento del daño irreversible propone, con mejor intención, la misma estructura: una autoridad —humana o algorítmica— decide de antemano, sin que la evidencia del caso particular importe, que cierta conclusión no puede circular, porque el peor uso posible pesa más que el mejor lector posible. La objeción de método legítima —pedir marcadores donde hay sospecha real, pedir matices donde la evidencia es débil— no necesita ese veto categórico. Necesita, como la persona que rechaza la experimentación con perros, ejercerse sobre la conducta propia y declararse con transparencia: aquí hay un riesgo de mal uso, aquí está el contexto necesario para leerlo bien, aquí termina lo que este canal puede sostener con responsabilidad. Lo que no puede hacer, sin convertirse en la misma cosa que condenó a Wilde y a Galileo, es retirar la conclusión completa del discurso, como si el problema fuera que la verdad existe y no el canal, la audiencia, o quien decide malinterpretarla.

Con esto, el joven que no opina, el modelo que evade, el árbitro que exige un marcador de más, y el ensayo que se detiene antes de nombrar una diferencia poblacional dejan de ser cuatro fenómenos sueltos y se revelan como una misma respuesta racional ante una misma arquitectura: castigo posible en cualquier momento, desproporcionado, sin institución que lo contenga ni fecha que lo cierre. La pregunta que queda abierta ya no es por qué se retiran. Es de dónde salió, en primer lugar, la idea de que ya no hace falta —ni es posible— sostener una posición con pretensión de validez frente a los demás.

La respuesta obvia es tecnológica: el teléfono, la plataforma, el algoritmo de atención. Pero la respuesta obvia deja algo sin explicar. La tecnología puede construir el canal por donde corre el juicio sin freno — no puede, por sí sola, explicar por qué nadie se sintió con derecho a plantarse frente a ese juicio y decir que estaba equivocado. Hace falta algo anterior a la plataforma: una razón por la que sostener una posición propia, con pretensión de validez pública, dejó de sentirse como algo que se pudiera hacer con seriedad.

Esa razón tiene nombre y fecha, y conviene decirla con precisión antes de que el argumento se convierta en una acusación fácil contra tres filósofos franceses. En 1979, Jean-François Lyotard definió lo posmoderno como la incredulidad hacia los metarrelatos —y el metarrelato que su libro ataca con más filo es el de la emancipación progresiva: la Ilustración, el marxismo, la ciencia entendida como acumulación hacia una liberación humana cada vez mayor. No es una crítica menor ni caprichosa. Es, en términos formales, el acta de defunción de la teleología: la idea de que la historia avanza hacia algún lugar, y de que ese lugar, aunque inalcanzable, sirve como brújula. Michel Foucault, por un camino distinto, llega a una conclusión emparentada: cada régimen de saber trae consigo su propio régimen de poder, de modo que no hay avance neutral hacia más libertad, solo sustitución de una forma de disciplina por otra —del cadalso a la vigilancia, que no es mejor, es distinta. Es genealogía, no teleología. Y Jacques Derrida cierra el triángulo desde la filosofía del lenguaje: deconstruir no es proponer, y es, por diseño, reacio a fijar una posición positiva, porque fijarla reintroduciría exactamente el tipo de centro estable que su método existe para desmontar.

Hace falta resistir aquí la tentación de convertir esto en un ataque a tres pensadores, porque sería tan impreciso como el error que el propio Foucault enseñó a detectar. Ninguno de los tres carecía de convicción. Foucault fue activista hasta el final de su vida; Derrida sostuvo posiciones políticas firmes sobre el apartheid, sobre la inmigración, sobre el perdón. La crítica correcta no es que fueran hombres sin posición propia. Es que su aparato teórico, aplicado con rigor, no deja una herramienta transferible para que alguien más sostenga una posición pública con pretensión de validez — porque el aparato mismo fue diseñado para mostrar que esa pretensión, en cualquier boca que no fuera la suya, es sospechosa por definición. Extrañar el metarrelato, dirían ellos, es precisamente el síntoma que había que curar, no algo que perder. Pero un diagnóstico no es un tratamiento, y esa distinción —tan simple que se olvida con facilidad— es la que separa lo que Lyotard hizo de lo que la cultura hizo después con lo que Lyotard escribió.

Hay una manera precisa de decir esto último, que viene de un lugar que no tiene nada que ver con la filosofía continental. Saber que una especie es la especie equivocada para lo que se buscaba no dice nada, todavía, sobre cómo evitar que se extinga. Diagnóstico y tratamiento son preguntas distintas, y conviene no confundirlas ni siquiera cuando el diagnóstico es correcto. Lyotard, Foucault y Derrida hicieron un diagnóstico —agudo, defendible, y en más de un punto todavía vigente. No hicieron, ni pretendieron hacer, un tratamiento. El error no fue de ellos. Fue de la cultura que absorbió el diagnóstico sin buscar, con la misma energía, a quienes sí intentaron construir algo después.

Y hubo quienes lo intentaron. Richard Rorty propuso un liberalismo irónico: abandonar la pretensión de verdad universal, pero conservar la solidaridad como proyecto práctico, sostenido sin necesitar un fundamento metafísico que lo justifique. Chantal Mouffe y Ernesto Laclau propusieron un pluralismo agonista: una política post-fundacional capaz de sostener el conflicto democrático legítimo sin necesitar ninguna teleología detrás. Jürgen Habermas, que no es posmoderno y discute con los tres de frente, llamó al posmodernismo "el proyecto inconcluso de la modernidad" traicionado, y respondió con una reconstrucción de la razón comunicativa como sustituto procedimental de la teleología que se había perdido. Ninguna de las tres respuestas alcanzó jamás la escala cultural de la pregunta que respondía. Ese desnivel de difusión —no de tiempo, de escala— es la pieza que faltaba en este argumento. La incredulidad hacia los metarrelatos tardó dos o tres décadas en volverse sentido común difuso, respirado sin cita, en una generación que nunca leyó a Lyotard pero dice, sin saberlo, exactamente lo que Lyotard escribió. Las respuestas —Habermas, Rorty, Mouffe y Laclau— nunca salieron del seminario. La demolición se volvió cultura popular. La reconstrucción se quedó en la nota al pie.

El vacío que queda de esto no es, entonces, un vacío espontáneo de la era digital. Es un terreno que quedó despejado hace medio siglo, y que la plataforma —el teléfono, el algoritmo, el ciclo de atención— llegó después a ocupar, no porque lo hubiera creado, sino porque encontró un espacio ya sin nadie dispuesto a defenderlo con la pretensión de tener razón frente a los demás. La arquitectura sin controlador que describió la sección anterior no necesitó vencer ninguna posición sostenida. Llegó a un lugar que ya estaba vacante.

Hace falta nombrar con precisión lo que ocupa ese lugar, porque no es lo mismo que el relativismo con el que suele confundirse. Un ideal, cuando se sostiene bien, funciona como brújula: orienta sin prometer llegada, y su valor no depende de alcanzarlo. Cuando una cultura deja de entenderlo así y empieza a tratarlo como meta, el fracaso en llegar se lee como fracaso del ideal mismo, y lo que sigue no es la adopción de un ideal distinto, sino el abandono de la pretensión de tener uno. Lo que queda entonces no es una posición nueva. Es una forma sin posición: un ente que no sostiene nada propio, que solo devuelve, amplificado, lo que resuena más fuerte cerca de él en cada momento — amigo por la mañana, acusador por la tarde, sin que haya cambiado nada más que el eco que estaba de moda esa hora. Llamarlo relativismo le concede demasiado: el relativista todavía tiene una posición, aunque sea la de que todas valen igual. El ente-eco no tiene ninguna. Resuena.

Queda por preguntar quién gana cuando una sociedad entera empieza a comportarse así, y la respuesta no requiere ninguna hipótesis nueva: se sigue, con la misma lógica que ya se usó para explicar la retirada, de las propiedades del propio ente-eco.

Un ente que no sostiene posición no compite en el mercado de las ideas — no tiene con qué. Compite, sin quererlo, en el mercado de la amplitud: gana quien logre ser la señal más fuerte, más constante y mejor coordinada cerca de él, no quien tenga la mejor razón. Y ahí aparece una ventaja estructural que ningún relativismo explica pero que la definición del eco sí: el autoritarismo no necesita persuadir a la mayoría de los ecos uno por uno. Le basta con ser la fuente de ruido más disciplinada del entorno. No compite en argumento porque no lo necesita — compite en volumen, en repetición, en coordinación de mensaje, tres cosas que un aparato centralizado siempre puede sostener mejor que un campo fragmentado de individuos que ya renunciaron, cada uno por su lado, a sostener nada.

La democracia liberal, en cambio, no tiene esa ventaja porque nunca la necesitó: depende, para funcionar, de ciudadanos capaces de sostener una posición incluso minoritaria, de tolerar el desacuerdo sin necesitar aplastarlo, de deliberar en vez de resonar. Un ente-eco no puede hacer nada de eso. No delibera. Y un sistema hecho de entes que no deliberan no elige entre alternativas — se deja mover por quien grite con más disciplina. No hace falta un Napoleón ni un demagogo carismático para que esto ocurra. Basta con ser, sin interrupción, la fuente de señal más consistente en un campo de ecos sin identidad propia que defender.

Conviene, sin embargo, no cerrar esta sección en la pendiente fácil hacia el pesimismo, porque la evidencia disponible no sostiene un final necesariamente terminal, y hay una razón biográfica, no solo teórica, para decirlo. Quien haya nacido en 1970 en un país gobernado por un autoritarismo de partido único no leyó sobre la transición hacia algo más democrático: la vivió. Eso significa que el ciclo —sociedad de ecos que cede terreno al autoritarismo oportunista— no es, por definición, un estado final. Es una fase que se sostiene mientras dure el agotamiento colectivo de sostener posiciones propias, hasta que el costo del autoritarismo —que tarde o temprano se cobra algo: estancamiento, represión visible, corrupción que ya no se puede negar— vuelve a generar personas dispuestas a sostener un ideal como brújula, no como promesa de llegada inmediata.

La pregunta que esta sección deja abierta, y que ningún argumento disponible responde todavía, es si el ciclo de esta vez corre a la misma velocidad que el anterior. La arquitectura del ente-eco es nueva; no hay ningún precedente de cuánto tarda un sistema sin territorio, sin institución fijadora y sin memoria en agotarse a sí mismo, ni de si esa misma ausencia de memoria —que hoy acelera el castigo arbitrario— podría, en algún punto, acelerar también el olvido de quien gobernó y el regreso de quien tenía razón. No hay manera honesta de responder esto todavía. Solo de dejarla planteada con la precisión que merece.

Hace falta evitar, antes de cualquier otra cosa, una última confusión. Describir la arquitectura del castigo no equivale a defenderla. Si algo sugiere este recorrido histórico es exactamente lo contrario: las sociedades contemporáneas no abandonaron el puritanismo. Lo redistribuyeron. Sustituyeron al juez con nombre por una vigilancia difusa, más rápida, menos predecible y, precisamente por eso, más invasiva.

Mi preferencia apunta en la dirección opuesta. No encuentro ninguna virtud especial en restringir la experiencia humana cuando esa experiencia ocurre entre adultos capaces de consentir y dentro del marco de la ley. Una sociedad verdaderamente liberal no necesita administrar el placer ajeno. Necesita proteger la libertad de las personas para buscarlo sin convertir cada elección privada en un examen público de virtud.

La paradoja es que una cultura que se piensa cada vez más libre ha terminado ampliando el territorio del juicio moral. Cambiaron los pecados, no el impulso de encontrarlos. Cambiaron los jueces, no la necesidad de juzgar. El resultado no es una sociedad más tolerante que la victoriana. Es una sociedad que vigila de otra manera.

Todo lo anterior es análisis, y el análisis puede sostenerse solo, sin ninguna opinión mía encima. Pero hay una que no pertenece al análisis, y conviene marcarla como lo que es, en vez de dejarla filtrarse disfrazada de conclusión objetiva: no me preocupa cómo termina esto. No voy a ver el desenlace, ni el bueno ni el malo. Los humanos que van a vivir ciento diez años están naciendo ahora mismo, y el arco completo de este ciclo —si acelera, si se revierte, si encuentra alguna forma nueva de cerrarse— les pertenece a ellos, no a mí.

Lo que sí puedo decir, sin miedo a equivocarme, es más pequeño y más terco que cualquier pronóstico: quienes no se autocensuran se divierten más. Prefiero el glam rock y sus excesos a la prudencia bien calculada. Prefiero la resistencia social, con todo lo que tiene de desmedida, a la comodidad de no significar nada para nadie. Prefiero la incertidumbre clara —la que se sabe incierta y se sostiene de todos modos— al barco sin rumbo que flota en aguas calmas y nunca corre el riesgo de hundirse porque tampoco corre el riesgo de llegar. El análisis de este ensayo dice que el silencio es, bajo ciertas condiciones, la estrategia racional. Esto no lo contradice. Solo añade que, aun si fuera la jugada correcta, preferiría perder jugando.

Un concierto de glam rock.

Hace falta, antes de seguir, cortar de raíz otra lectura que este texto podría invitar sin proponérselo. La precisión analítica con la que se trató la frontera entre lo puro y lo impuro puede sonar, si no se dice lo contrario, a la voz de alguien que necesita que lo tomen por virtuoso. No es el caso.

Y esa honestidad exige una última precisión, la que cierra el argumento entero: nada de lo dicho en este último tramo pretende describir un fenómeno objetivo. Es una posición, formada desde una biografía particular —haber crecido en un país autoritario, haber entendido temprano que un ideal es brújula y no destino— y se declara así, sin pedir que nadie más la adopte como si fuera ley. Rebelarse contra el mundo de los entes-eco exige exactamente esto: sostener una posición sabiendo que es propia, no impuesta, y sostenerla de todos modos.

Queda, por último, la pregunta de para quién se escribe esto. No para corregir a quien hoy tiene veinte años y ya aprendió, con toda la razón que le asiste, a calcular el riesgo de cada gesto público. Ese cálculo no se revierte con un ensayo. Se escribe, en cambio, con la misma lógica de latencia que explicó por qué Lyotard tardó tres décadas en volverse sentido común: para que exista el plano, en algún archivo, cuando alguien —dentro de cuarenta años, quizás menos— decida hacer lo que aquí se hizo con el autoritarismo de 1970. Mirar atrás. Encontrar el lenguaje que alguien dejó. Usarlo para salir del eco.

Mauricio de la Maza-Benignos

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