De la Maza Consulting and Films
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La narrativa como sustituto de la razón

La narrativa como sustituto de la razón

Por: Mauricio de la Maza-Benignos / 11 de Agosto, 2026

Notas sobre reconocimiento, atribución y el mecanismo que las corrompe

Plaza Sverdlov, Moscú, 5 de mayo de 1920. Trotsky y Kamenev, presentes en la fotografía original, fueron eliminados de las reproducciones oficiales tras caer en desgracia política.
Plaza Sverdlov, Moscú, 5 de mayo de 1920. Trotsky y Kamenev, presentes en la fotografía original, fueron eliminados de las reproducciones oficiales tras caer en desgracia política.

Hay un episodio menor, casi anecdótico, que sirve mejor como puerta de entrada que como tema: una producción con crédito de dirección compartida, ya acordado por escrito entre las partes, aparece meses después en un artículo de prensa con el crédito redistribuido —no por un dato nuevo, no porque alguien hubiera investigado y encontrado algo que el acuerdo original ignoraba, sino porque la nueva versión encajaba mejor con una historia que alguien quería contar. Ese episodio no es el tema de este ensayo. Es el momento en que un mecanismo, hasta entonces invisible, se volvió visible.

No es un texto sobre esa película, ni sobre quién dijo qué de quién. Es un texto sobre una pregunta más amplia y más incómoda: qué le pasa a una sociedad cuando sus sistemas de reconocimiento —quién produjo algo, quién merece crédito por ello, quién debe responder por un daño, quién debe recibir una reparación— dejan de corregirse mediante evidencia y empiezan a organizarse mediante narrativa.

La autoría de una obra concreta es, en este texto, el primer laboratorio, no el objeto final. Es el caso donde el mecanismo se pudo aislar con más precisión, porque había algo que en la mayoría de las disputas de reconocimiento no existe: un acuerdo previo, verificable, con fecha, entre las partes involucradas. Eso permite ver con claridad quirúrgica algo que en otros dominios —revisionismo histórico, reparación de desigualdades estructurales, disputas de casting en producciones culturales— queda enterrado bajo capas de interpretación legítima. Lo que este ensayo encontró en el caso pequeño resultó aplicar, con la misma estructura, al problema grande.

El síntoma

Hay una frase que resume el diagnóstico antes de argumentarlo, y que vale la pena dejar sola, sin desarrollar todavía: no se busca quién lo hizo. Se busca quien lo pague.

Es una frase descriptiva, no una tesis que este ensayo defienda como deseable. Describe un desplazamiento: el criterio para asignar reconocimiento —de cualquier tipo, no solo autoría— dejó de preguntar por la contribución verificable de un individuo concreto, y empezó a preguntar por su posición dentro de una estructura de costos y beneficios sociales. Ese desplazamiento tiene nombre, y este ensayo lo va a nombrar con precisión antes de terminar. Por ahora basta con dejarlo enunciado, porque el resto del texto existe para probar, bloque por bloque, si la frase se sostiene.

El principio general del que ese síntoma es apenas un caso particular puede formularse como una cuestión de jurisdicción. Hay al menos tres dominios que gobiernan tipos de pregunta distintos, y ninguno es superior a los otros dos: la evidencia tiene jurisdicción sobre lo que puede corregirse con datos —quién hizo qué, quién produjo qué, qué reconocimiento sigue a qué contribución verificable—. La narrativa tiene jurisdicción sobre lo que nunca pretendió ser verificable —el sentido, el mito, los valores últimos, la cosmología de fe—. Y la conciencia individual tiene jurisdicción sobre lo que cada quien cree, con independencia de si esa creencia está o no bien fundada.

El error no es que exista cada una de estas tres jurisdicciones. El error ocurre cuando un dominio invade el territorio de otro sin reconocer que lo está haciendo. La narrativa invade la jurisdicción de la evidencia cuando pretende decidir una atribución de crédito, una responsabilidad o una reparación sin someterse a la corrección por datos disponibles —esa es la falla central que este ensayo va a rastrear en la mayoría de sus bloques—. La narrativa invade la jurisdicción de la conciencia individual cuando se impone por coerción sobre quien nunca la aceptó para sí. Y, con la misma frialdad con la que se juzgan las dos anteriores, hay una tercera invasión posible, en sentido contrario: la evidencia invade la jurisdicción de la narrativa cuando exige prueba verificable para preguntas que nunca fueron del tipo verificable —cuando se le exige a alguien demostrar con datos que su duelo tiene sentido, que su fe le da propósito, que un mito importa culturalmente—, tratando un reclamo de otro orden como si fuera un reclamo empírico fallido. Es el mismo error de fondo, en la dirección opuesta: una jurisdicción que no reconoce que acaba de invadir un territorio que no era el suyo.

Recreación interpretativa de un erudito de la escuela mohista. Los caracteres reproducen doctrinas reales de la escuela: amor mutuo, beneficio mutuo, exaltación del mérito, moderación funeraria, condena de la guerra ofensiva.
Recreación interpretativa de un erudito de la escuela mohista. Los caracteres reproducen doctrinas reales de la escuela: amor mutuo, beneficio mutuo, exaltación del mérito, moderación funeraria, condena de la guerra ofensiva.

Vale la pena detenerse en por qué merece la pena defender, específicamente, la jurisdicción de la evidencia —no porque sea superior a las otras dos, sino porque es la más frágil, la que más fácilmente se cede sin que nadie note la cesión. La razón no necesita dominar una sociedad entera para transformarla. Basta con que esa sociedad le conceda jurisdicción suficiente sobre determinados tipos de pregunta. Distintas tradiciones de pensamiento, en distintos lugares y momentos, avanzaron hacia esa institucionalización por caminos propios. Es probable que hubiera intentos anteriores, informales, en sociedades sin escritura, cuyos criterios de validación de una afirmación se perdieron junto con todo lo demás que no dejó registro —no hay manera de recuperar esa historia, y este ensayo no pretende inventarla donde no hay evidencia. De lo que sí queda registro, dos casos bastan para mostrar que el fenómeno no es privativo de un solo lugar. En la China del siglo V antes de nuestra era, la escuela mohista formuló lo que se conoce como los tres criterios de la doctrina: para que una afirmación se considerara válida, debía contrastarse con el precedente histórico verificable, con el testimonio directo de los sentidos, y con su aplicación práctica y el beneficio observable que producía —una exigencia de evidencia por encima de autoridad o tradición heredada, notablemente distinta del confucianismo que le disputaba el terreno en la misma época. Y en la Europa del siglo XVIII, con un nivel de documentación todavía más preciso —fechas, textos, figuras identificables—, la Ilustración instaló una posibilidad muy simple que hasta entonces no había tenido el mismo peso institucional: para cierta clase de afirmación, no importa quién la dice, qué tradición la respalda, ni qué historia nos resulte más atractiva —lo que importa es qué evidencia hay disponible. Ninguna de las dos tradiciones convirtió a los seres humanos, de un día para otro, en animales perfectamente racionales. Nadie lo es. Lo que ambas hicieron, cada una a su modo, fue instalar un procedimiento, disponible para cualquiera que quisiera usarlo, que no dependía de que la persona fuera racional, sino de que el sistema permitiera que el error de un individuo fuera corregido por otro con mejores datos.

Cuando ese procedimiento se institucionaliza, las consecuencias son enormes, y valen tanto en el terreno técnico como en el moral. En el terreno técnico: el conocimiento se volvió corregible, reproducible, transmisible de una generación a otra sin perderse —no porque quienes lo produjeron fueran científicos perfectos, libres de ego o de error, sino porque construyeron mecanismos que permitían que el sistema, con el tiempo, corrigiera al individuo. En el terreno moral y político ocurrió algo estructuralmente parecido: la razón permitió formular principios capaces de universalizarse —si cierto derecho le corresponde a un ser humano, ¿por qué no a otro que comparte la misma condición?—, y esa universalización convirtió la experiencia particular de cada quien en una prueba contra la arbitrariedad de quien decidía, hasta entonces, a quién correspondía un derecho y a quién no. Ninguna de las dos cosas requirió que las narrativas desaparecieran. Requirió que encontraran, por primera vez, un límite externo capaz de contenerlas cuando entraban en el territorio equivocado. La razón, en este sentido, no es necesariamente una cosmovisión que compita con otras por el alma de una sociedad. Puede ser, más modestamente y de forma más útil, un procedimiento: algo que cualquier tradición, cualquier narrativa, cualquier persona puede aceptar usar para cierto tipo de preguntas, sin tener que abandonar todo lo demás que cree.

Vale la pena un caso límite, tomado no de la política ni del arte sino de la genética de poblaciones, porque ilustra qué ocurre cuando la lógica narrativa de "nosotros contra ellos" no encuentra ningún procedimiento externo que la contenga, y a la vez demuestra, en la manera en que hoy se discute el caso, cómo se ve el procedimiento funcionando bien. La evidencia genética muestra una caída drástica en la diversidad del cromosoma Y humano hace entre cinco y siete mil años, sin una caída equivalente en el ADN heredado por línea materna —un patrón bien documentado y replicado. Existe una hipótesis, sometida a modelado computacional, que explica ese patrón como resultado de guerra sostenida entre clanes organizados por linaje paterno: si un clan entero era aniquilado, su variante particular del cromosoma desaparecía con él. Existe también una hipótesis rival, igualmente modelada, que explica el mismo patrón sin necesitar ninguna violencia: la sola estructura patrilineal, combinada con variación normal en éxito reproductivo entre clanes, bastaría. Ninguna de las dos está presentada aquí como verdad asentada, y esa misma declaración —esto es una hipótesis, compite con otra, ambas están abiertas a corregirse con más datos— es la que las mantiene dentro de la jurisdicción de la evidencia. Si la primera hipótesis resultara cierta, describiría el caso extremo de lo que puede ocurrir cuando ningún procedimiento —ninguna forma de resolución que no fuera la eliminación física del otro grupo— contenía la narrativa de pertenencia de clan. Y el hecho de que hoy dos explicaciones convivan, contestándose con datos y no con lealtad tribal hacia una de las dos, es la prueba de que ese mismo problema —grupo contra grupo, narrativa contra narrativa— puede resolverse de otra manera cuando existe, por fin, un procedimiento capaz de zanjarlo sin exterminio de por medio. Es, dicho sea de paso, exactamente el mismo espíritu con el que se presenta un árbol filogenético: nunca como el registro definitivo de cómo ocurrió el parentesco entre especies, sino como la mejor hipótesis disponible dado el método y los datos del momento, sujeta por diseño a que evidencia futura la reordene.

Clanes patrilineales enfrentados — una de las hipótesis en competencia que explican el cuello de botella neolítico del cromosoma Y.
Clanes patrilineales enfrentados — una de las hipótesis en competencia que explican el cuello de botella neolítico del cromosoma Y.

Conviene decir, antes de seguir, qué es lo que este ensayo no es. No es una objeción a la corrección de desigualdades históricas como proyecto. No es una defensa de que las cosas queden como estaban. La discriminación real —la que decide quién entra a una conversación, a una industria, a una posición de poder, según algo que no tiene relación con el mérito de lo que esa persona hizo— es real, y este ensayo no la niega en ningún punto. Lo que se objeta es más angosto: el mecanismo por el cual, en nombre de corregir esa discriminación, se sustituye evidencia disponible por un relato más conveniente, y se le hace pagar el costo de esa sustitución a alguien —a veces el autor original, a veces la persona nueva a quien se le atribuye un mérito que no reclamó, a veces a nadie identificable hoy, solo quienes vendrán después y recibirán menos generosidad de la que hubieran recibido en un sistema que funcionara bien.

¿Quién hizo qué?

Cualquier sistema serio que haya tenido que resolver, alguna vez, quién es autor de algo, llegó a una distinción parecida: no toda contribución necesaria constituye autoría. El Comité Internacional de Editores de Revistas Médicas (ICMJE, por sus siglas en inglés), cuyos criterios rigen la autoría en la mayoría de las publicaciones biomédicas del mundo, exige que se cumplan varios requisitos a la vez —concepción del trabajo, ejecución o análisis, interpretación, redacción— no basta con haber estado presente ni con haber sido indispensable. Quien conduce el vehículo de una expedición científica es, en un sentido literal, necesario para que la expedición exista. No es, por eso, coautor del hallazgo.

Revisión de un cladograma.
Revisión de un cladograma.

Esta misma distinción aparece, con vestimenta distinta, en la taxonomía biológica (donde el orden de autoría dentro de una publicación conjunta recae en quien concibió y redactó el argumento central, y no necesariamente en quien dirige el laboratorio), en el droit d'auteur francés y la tradición civil que de ahí se extendió a buena parte del mundo (que separa la autoría moral —siempre del creador humano, inalienable, irrenunciable— de la titularidad patrimonial, que sí puede cederse o heredarse), y en los sistemas de arbitraje de crédito de guion cinematográfico (que miden, de forma casi forense, cuánto material original de cada borrador sobrevive en la versión final). Son cuatro sistemas que no se copiaron entre sí, que resuelven el problema con herramientas distintas, y que sin embargo convergen en el mismo punto: el reconocimiento sigue a la contribución verificable, no a la posición o a la categoría de quien la reclama.

El reconocimiento simbólico como gesto del autor.
El reconocimiento simbólico como gesto del autor.

Hay, sin embargo, un matiz que estos sistemas rara vez hacen explícito y que merece nombrarse: hay un piso, y hay un techo. El piso es lo que los criterios exigen como mínimo para que alguien pueda reclamar autoría por derecho propio —nadie puede exigir crédito sin cumplirlo. Pero ningún código prohíbe que quien sí cumple el piso decida, generosamente, reconocer a quien no lo cumple. El chofer de la expedición puede terminar en los agradecimientos, incluso en los créditos, si quien tiene la autoridad real para decidirlo así lo quiere. Eso no es una falla del sistema de mérito: es la zona de libertad que el sistema deja abierta, deliberadamente, para la generosidad. Un mentor puede otorgar reconocimiento simbólico o crédito social —visibilidad, mención, respaldo público— a alguien cuya contribución todavía no alcanza el umbral, como inversión en su desarrollo futuro, sabiendo que esa persona sí aportó algo real y que hay una relación de confianza capaz de sostener el gesto, sin que eso implique ceder el derecho moral en el sentido jurídico estricto, que sigue siendo, por definición, inalienable y exclusivo de quien efectivamente concibió y ejecutó la obra. Lo que el mentor regala no es autoría —eso no está en su poder regalar, ni siquiera si quisiera—; es la plataforma que la autoría propia le permite construir para otro.

El gesto que rompe el protocolo.
El gesto que rompe el protocolo.

Conviene poner a prueba el umbral mismo con un caso extremo, no para descartarlo sino para verlo funcionar con precisión. Imaginemos que el portero de un edificio dice, al cruzarse con un poeta en el vestíbulo, "hola, guapo, ¿cómo estás?" —y lo dice, explícitamente, "para tu libro"—, y el poeta, atónito, incorpora de hecho la frase de forma literal en el texto final. El hecho creador existe. La fijación del fragmento en la obra es indiscutible. Y sin embargo, el reclamo de autoría sobre el libro completo se desmorona por razones técnicas precisas, no por capricho de quien decide el crédito. Primero, el umbral de originalidad: una fórmula de cortesía cotidiana pertenece al dominio del lenguaje llano, y salvo que alcance una altura creativa excepcional —un eslogan muy distintivo, una greguería genuinamente inédita—, no cruza el umbral que cualquier sistema de derecho de autor exige para proteger una expresión como obra en sí misma. Segundo, incluso concediendo que la frase mereciera protección, la proporción que representa dentro del conjunto —una línea sobre un libro entero— la vuelve una contribución accesoria: la vieja máxima de minimis non curat lex —la ley no se ocupa de lo insignificante— impide que un fragmento mínimo otorgue la condición de coautor sobre la totalidad. Darle estatus de autor del libro completo a quien aportó una frase equivaldría a declarar coautor de la Mona Lisa a quien pintó el botón de la chaqueta del retrato. Tercero, y más de fondo: la coautoría exige que los aportes estén entrelazados en una unidad creativa indivisible, donde cada parte participe de la concepción o la articulación de la estructura general. El portero aportó un bloque aislado y rígido. El poeta aportó la arquitectura, el ritmo, el contexto, la selección, la dirección conceptual de la totalidad.

Ahí está, con toda su precisión técnica, el corazón de la confusión que este ensayo intenta nombrar: tener un derecho sobre una parte no es lo mismo que arrogarse la propiedad del todo. Si el portero exigiera ser reconocido como autor del libro por haber aportado esa línea, y un tercero —un juez, la crítica, la opinión pública— se lo concediera amparándose en una narrativa de reparación o inclusión, el sistema cometería dos injusticias a la vez: le quitaría al autor real el mérito acumulado de haber construido el edificio entero, para regalarle a un colaborador marginal una representación que no se ganó con trabajo verificable; y, al mismo tiempo, falsificaría la métrica misma del mérito, desconociendo que en cualquier disciplina el reconocimiento no reside en haber puesto una piedra, sino en haber levantado la estructura que la sostiene. Lo que el portero sí podría recibir —una mención, un agradecimiento, una cita— es, otra vez, un gesto del autor real, no una potestad que ningún tercero pueda otorgarle por su cuenta.

Este ejemplo deja ver, con más nitidez que cualquier formulación abstracta, la bisagra exacta sobre la que gira la coherencia de todo este ensayo. No está en contra del gesto simbólico. Al contrario: protege el espacio donde ese gesto es verdaderamente noble. Cuando el autor real —quien tiene la autoridad sobre la obra entera— decide poner al portero en los créditos, dedicarle una mención, invitarlo a compartir el reconocimiento, está ejerciendo la zona de libertad que el sistema de mérito deja abierta. Ese gesto tiene valor precisamente porque es suyo para dar: posee la autoridad real sobre la obra y decide, sin que nadie se lo exija, ceder una parte de su reconocimiento a quien aportó menos.

El problema que este ensayo denuncia ocurre en el instante en que un tercero —la prensa, un comité, la inercia de una narrativa que ya tomó forma— toma ese gesto, o la sola existencia de la contribución mínima, y decreta que el colaborador menor es, en realidad, el verdadero autor, y que no reconocerlo así convierte al autor real en alguien que explota. En ese instante, la naturaleza del acto se invierte por completo. La generosidad deja de ser un regalo voluntario y se convierte en una obligación extraída por la fuerza de una narrativa. Se falsifica la realidad, al confundir la zona de gracia del autor con una deuda de justicia que nunca existió en los datos disponibles. Y se destruye, hacia adelante, el incentivo mismo que hacía posible el gesto: si el sistema castiga a quien tiene una apertura generosa, reescribiendo la historia cada vez que la ejerce, la respuesta racional de cualquier creador —la que ya se describió en términos de teoría de juegos— será cerrar la puerta, no colaborar, no compartir crédito con nadie.

El error, entonces, no es que exista el gesto simbólico. El error es que un tercero despoje al autor de la potestad de otorgarlo, convirtiendo un acto discrecional de generosidad en una redistribución forzosa disfrazada de reparación.

El problema que dispara este ensayo no vive ni en el piso ni en el techo. Vive en un tercer lugar: quien no tiene autoridad sobre ninguna de las dos decisiones —ni fijó el piso, ni es dueño del techo— se arroga, de todas formas, el poder de redistribuir el reconocimiento ya fijado por quienes sí tenían esa autoridad. No es una corrección del sistema de mérito. Es una intromisión sobre una decisión que nunca le perteneció.

La genealogía imposible de probar del todo

Hay una asimetría incómoda que este ensayo no puede resolver del todo, y prefiere admitirla en vez de disimularla. Cuando alguien reclama que cierta idea, cierta línea de pensamiento, "ya formaba parte de su trayectoria intelectual" antes de un proyecto concreto —que no la incorporó durante el proceso, sino que la traía consigo y el proyecto le dio forma—, esa afirmación es, la mayoría de las veces, imposible de verificar con el mismo rigor que exigiríamos para la autoría de una obra terminada. Es autoreporte. Nadie más que quien lo dice puede confirmar, con certeza total, que el pensamiento ya estaba ahí antes.

El Código Napoleón, 1804: la forma como sustituto operativo de una voluntad que nadie más puede verificar directamente.
El Código Napoleón, 1804: la forma como sustituto operativo de una voluntad que nadie más puede verificar directamente.

El derecho de contratos, y la teoría de las obligaciones en general, lleva siglos resolviendo una tensión de la misma naturaleza, y vale la pena tomar prestado su marco en vez de fingir que este problema es nuevo. Hay una verdad ontológica de la voluntad —el acto jurídico: lo que una parte efectivamente quiso y consintió— que es, por definición, inaccesible de forma directa a cualquier tercero. Y hay una exigencia de verificación externa —el hecho jurídico probatorio: la forma, el documento, la fecha cierta, el testigo— que no pretende ser la voluntad misma, sino permitir que alguien que no tiene acceso directo a la mente ajena pueda, de todas formas, operar sobre ella sin arbitrariedad. El sistema no descarta la voluntad real por ser inverificable directamente; construye, con honestidad sobre sus propios límites, el mejor sustituto operativo disponible. La regla epistemológica que cierra este ensayo —no atribuyas pensamiento a quien no existe base para afirmar que lo produjo— exige, por consistencia, que se aplique también hacia adentro, y ese es exactamente el lugar donde este ensayo puede pararse frente a su propia genealogía: no reclamando acceso directo a una verdad interna que nadie más puede confirmar, sino ofreciendo lo que sí puede examinarse —continuidad documentada, textos previos, publicados, con fecha, que muestren la misma familia de preocupaciones desarrollándose de forma independiente y anterior al episodio que dispara este ensayo. Esa continuidad no prueba que la idea específica ya existiera en su forma exacta. Prueba que el terreno donde germinó no era nuevo, con el mismo tipo de humildad epistemológica que el derecho exige de cualquiera que reclame una voluntad que nadie más puede ver directamente.

Reparación simbólica y el costo que nadie calculó

Hay un patrón que la historia de la ciencia conoce bien: alguien es despojado de reconocimiento en su momento, y décadas después, con evidencia reconstruida trabajosamente por otros, la historia se corrige. Marie Curie es el ejemplo que primero viene a la mente, aunque no sea el único. Lo que define ese patrón no es solo que la corrección haya llegado tarde —es que llegó porque el dato no estaba disponible entonces, y alguien tuvo que reconstruirlo con esfuerzo real.

Recreación basada en descripciones y fotografías de época.
Recreación basada en descripciones y fotografías de época.

El mecanismo que este ensayo objeta es la inversión exacta de ese patrón: el dato está disponible en tiempo real, accesible sin ningún esfuerzo de reconstrucción, y se sustituye igual, por una versión que conviene más a la historia que alguien quiere contar en ese momento. No es corrección por falta de evidencia. Es sustitución de la evidencia por conveniencia narrativa. La diferencia importa porque cambia por completo qué tipo de acto es: uno es justicia tardía; el otro es, con independencia de la intención de quien lo hace, un tipo distinto de error, más parecido a la doctrina que a la razón. La razón se actualiza cuando aparece evidencia nueva. La doctrina decide primero la conclusión que quiere sostener y acomoda —u omite— los hechos alrededor de ella. Una es ciencia. La otra es fe aplicada a hechos que sí eran verificables.

Hay, además, una consecuencia práctica que rara vez se nombra, y que se puede describir con la misma frialdad con la que se describe cualquier sistema de incentivos. Imaginemos dos tipos de agentes en un entorno de producción colaborativa: quien tiene el control real de una decisión de crédito, y terceros externos —prensa, crítica, opinión pública— capaces de redistribuir ese crédito después de que la decisión original ya fue tomada. Mientras el sistema no castigue la generosidad, dar crédito de más que el estrictamente exigible es una estrategia racional: cuesta poco, construye relaciones, invierte en el futuro de colaboradores reales. Pero en el momento en que un tercero puede redistribuir ese crédito sin el consentimiento de quien lo dio —cambiar la historia de quién hizo qué, sin que medie evidencia nueva—, el costo de la generosidad sube sin que su beneficio suba con él: quien dio crédito de más pierde control sobre cómo se percibe ese gesto, sin haber ganado nada a cambio.

En términos de teoría de juegos, esto describe un equilibrio de Nash: dado lo que hacen los demás actores del sistema, ningún agente racional puede mejorar su resultado desviándose unilateralmente hacia más generosidad, porque esa desviación queda expuesta a una redistribución que no controla. La estrategia estable deja de ser "doy crédito generoso porque es lo correcto" y se convierte en "doy el mínimo verificable, documentado con precisión, para que no pueda redistribuirse después." Ese punto de equilibrio, sin embargo, no es Pareto-eficiente: no es el mejor resultado posible para el conjunto —si el sistema no castigara la generosidad, todos estarían mejor: más crédito circulando, más confianza, más inversión en colaboradores nuevos. El equilibrio racional individual y el óptimo colectivo se separan, y el costo de esa separación no lo paga quien redistribuye el crédito sin consentimiento. Lo pagan las próximas personas con las que cualquier agente en esa posición decida, cada vez con más cautela, colaborar.

Este mismo mecanismo, despojado de cualquier sujeto identificable, describe algo más general que merece nombrarse aparte: un sistema que castiga la generosidad verificada empuja racionalmente a cualquier agente hacia el mínimo verificable, y ese desplazamiento puede, sin que medie prejuicio alguno hacia ningún grupo, traducirse en menor disposición a colaborar con quienes pertenecen a la categoría que el sistema de reparación simbólica pretendía proteger. La paradoja es exacta: un mecanismo diseñado para favorecer la inclusión puede producir, como efecto colateral racional y no malicioso, que agentes racionales reduzcan su disposición a asumir el costo de nuevas colaboraciones —afectando precisamente a quienes no participaron del problema original que el mecanismo intentaba resolver.

El test que no puede fallar solo en una dirección

Hay una manera de poner a prueba cualquier principio que se proponga como regla de reconocimiento, y es preguntarse si uno estaría dispuesto a que rigiera exactamente igual cuando la dirección se invierte. Si el criterio "pertenecer a una categoría históricamente marginada justifica mayor reconocimiento, con independencia de la contribución verificable" es válido para un eje de marginación, tiene que ser igualmente válido para cualquier otro, incluido el que pudiera beneficiar, en algún caso, a quien está formulando el principio. Si alguien exigiera ser primer autor de un estudio científico no por haber concebido o ejecutado el trabajo, sino por pertenecer a un país históricamente subrepresentado en ese campo, cualquier editor con criterio lo rechazaría de inmediato, y con razón. Esa misma frialdad, aplicada parejo, tiene que regir en cualquier dirección. Un principio de justicia que no sobrevive a esa inversión no es un principio: es una preferencia narrativa aplicada de forma selectiva.

Conviene, antes de llevar el test al terreno más incómodo, hacerlo en un terreno donde nadie tiene ninguna lealtad tribal previa. Imaginemos dos especies ficticias en un planeta inventado, una de las cuales ha discriminado históricamente a la otra por el color de su piel. Si se acepta que corregir esa discriminación justifica asignar reconocimiento por categoría en vez de por contribución, hay que aceptar que el mismo principio corre igual cuando se aplica al caso ficticio, sin la carga emocional que trae cualquier ejemplo real. Si el lector acepta el principio ahí, y lo rechaza cuando se aplica a un caso humano real, la inconsistencia no es sensibilidad moral: es evasión.

Rodaje hipotético de Quetzalcóatl y Kukulcán con actores de ascendencia europea. La misma estructura que el caso real, con la dirección invertida — la extrañeza que provoca es, en sí misma, el dato.
Rodaje hipotético de Quetzalcóatl y Kukulcán con actores de ascendencia europea. La misma estructura que el caso real, con la dirección invertida — la extrañeza que provoca es, en sí misma, el dato.

Hay un paso intermedio, más concreto que el planeta ficticio y menos cargado que cualquier disputa real y actual, que vale la pena recorrer. Imaginemos una superproducción cinematográfica sobre Quetzalcóatl y Kukulcán, financiada en parte por capital de los países que hoy reclaman el mito como propio, dirigida por un cineasta reconocido que decide encarnar a ambas deidades con actores étnicamente identificables como ajenos al origen del mito —uno de ascendencia irlandesa, el otro de ascendencia sueca—. La productora defiende la decisión con el argumento ya conocido en otros contextos: es mitología, está abierta a interpretación; el elenco es representativo del mundo. El actor, entrevistado sobre la controversia, responde que no piensa dedicar su tiempo a defenderse: la crítica va a existir, le preste atención o no.

Lo interesante del ejercicio no es que la decisión sea impensable —ya se ha visto, en la dirección exactamente inversa, en casos reales que no hace falta nombrar aquí. Lo interesante es que, formulada así, la escena resulta instintivamente más chocante para muchos lectores que su espejo real. Esa asimetría de reacción es, en sí misma, el dato que importa: si el mecanismo solo resulta objetable cuando ocurre en una dirección, lo que se objeta no es el mecanismo. Es el resultado que cada quien prefiere.

Vale la pena, además, contar algo que ocurrió al construir este mismo ejemplo, porque es evidencia de un tipo distinto —no argumentativa, sino experimental. Al formular la escena, surgió una extrañeza instintiva, casi ofensiva, ante la idea de un Kukulcán étnicamente irlandés, anterior a terminar de escribir la frase completa. Esa reacción no fue un exabrupto espontáneo: fue provocada deliberadamente, como prueba de consistencia sobre el propio pensamiento. Y al preguntarse por qué específicamente Irlanda, la respuesta que surgió primero —una nacionalidad poco representada en la historia de México— resultó ser una justificación construida después de haber elegido el ejemplo, no la razón real de la elección. Cualquier otra nacionalidad hubiera servido igual de bien para el propósito narrativo. Esa es, quizás, la demostración más honesta que este ensayo puede ofrecer de su propia tesis: el mecanismo de fabricar una narrativa de justificación después del hecho, y no antes, no es privativo de nadie en particular. Le puede pasar a quien escribe este texto con la misma facilidad que a cualquiera a quien el texto critica.

Queda, sin embargo, un argumento serio del lado contrario que este ensayo no puede permitirse esquivar atacando solo su versión débil. Muy pocos defienden, en la práctica, que la identidad reemplace lisa y llanamente a la evidencia. Lo que se defiende, en su forma más fuerte, es que el sistema que decide qué cuenta como "contribución verificable" ya viene sesgado —que ha subvalorado sistemáticamente el trabajo de ciertos grupos durante generaciones—, y que ajustar por identidad no es abandonar el criterio de mérito: es corregir un instrumento de medición mal calibrado.

Ese argumento merece una respuesta precisa, no un rechazo genérico. Y la respuesta pasa por una distinción que el liberalismo clásico ya había desarrollado, aunque con una categoricidad propia de su época que este ensayo no adopta sin matiz. John Locke sentó la base: la propiedad legítima sobre el fruto del propio trabajo —lo que incluye crédito y reconocimiento— puede ser objeto de reparación cuando fue adquirida o negada mediante fraude, coerción o violación de derechos verificables; no por generosidad discrecional de quien compensa, sino porque restituir lo indebidamente quitado es una exigencia de justicia correctiva. Robert Nozick formalizó después esa intuición en su teoría de la titularidad, con un tercer principio —junto a la justicia en la adquisición y en la transferencia— dedicado exclusivamente a la rectificación: cuando el historial de una posesión, incluida la autoría reconocida de algo, tiene un paso viciado y documentable, existe obligación de rectificar. Es una tradición de pensamiento sólida, y este ensayo dialoga con ella sin comprarse su paquete completo: el propio Nozick reconoció que la rectificación era la parte menos desarrollada de su teoría, y especuló que cuando la información histórica exacta ya no puede reconstruirse, un principio de corrección por patrón general —del tipo que después formalizaría John Rawls— podría funcionar como la mejor aproximación disponible.

John Locke (retrato de Godfrey Kneller, 1697, Museo Hermitage). Robert Nozick, recreación.
John Locke (retrato de Godfrey Kneller, 1697, Museo Hermitage). Robert Nozick, recreación.

Ese matiz, sin embargo, no abre la puerta que algunos querrían que abriera. La rectificación individual, exigible y precisa, sigue siendo obligatoria cuando el historial es reconstruible en el caso concreto —como ocurre, casi siempre, en la autoría de una obra específica, donde la evidencia está disponible en tiempo real y no perdida en el pasado. No hay excusa de información perdida para saltar a la categoría cuando el dato no estaba perdido: estaba disponible, y se sustituyó igual.

Esto conduce a una distinción más amplia, que probablemente sea la contribución conceptual más útil de este bloque. Mérito y compensación histórica no son dos principios en conflicto irreconciliable, como si solo uno pudiera ser verdadero. Son dos principios legítimos que pueden entrar en tensión real —de la misma manera en que la propiedad privada y el derecho a la vivienda, o la libre expresión y el derecho a no ser insultado, entran en tensión sin que eso signifique que uno de los dos sea falso. El problema nunca fue que la compensación histórica exista como principio. El problema es que el mecanismo que resuelve esa tensión, en la práctica, no pondera de forma explícita y transparente: sustituye un principio por otro de forma silenciosa, sin declarar qué está cediendo ni por qué, disfrazando la sustitución de corrección.

Hay, además, una distinción de dónde interviene que ayuda a resolver buena parte de la tensión. La intervención cara, difícil y necesaria se justifica en los puntos de quiebre de un sistema —el acceso a la formación, a los recursos, a la primera oportunidad real de competir— no en el resultado final, donde ya existe una obra concreta con una autoría verificable. Becar la educación temprana de una comunidad sin acceso previo a estudios superiores amplía, de verdad, quién puede llegar a competir por mérito en el futuro. Reasignar la autoría de una obra ya terminada no genera ese mismo efecto: no crea más mérito hacia adelante, solo reetiqueta un mérito que ya existió o no existió. Es, además de más justo, más eficiente: el gasto en el punto de quiebre compone; el gasto en el resultado final solo redistribuye una etiqueta.

Vale la pena, para cerrar este bloque, nombrar el peligro exacto de la formulación que lo cierra. Decir que la injusticia histórica no se repara borrando el reconocimiento verificable de alguien que no la causó es, narrativamente, una frase tentadora: tiene agravio, tiene una figura que puede leerse como villana, tiene la estructura de una revelación. Esa misma eficacia retórica es la señal de alerta, no la prueba de solidez. El argumento tiene que sostenerse por el test de universalización que lo precede —por si sobrevive cuando se invierte la dirección—, no por lo bien que suena la frase que lo resume. Un ensayo que denuncia la sustitución de razón por narrativa no puede permitirse ganar sus propios puntos por la vía de la narrativa.

Lo que se puede y lo que no se puede pensar

Queda, para cerrar, una regla que atraviesa todo lo anterior sin agotarse en ningún bloque particular: no atribuyas pensamiento a una persona si no existe una base para afirmar que ese pensamiento fue construido por ella. No se trata de simpatía ni de antipatía. No se trata de categoría. Se trata de una exigencia simple: la atribución requiere evidencia rastreable, no pertenencia.

Hay una extensión de esta regla que no se deriva del mismo mecanismo que el resto del ensayo, y conviene decirlo con esa precisión antes de desarrollarla, porque mezclar los dos ejes sería un error de método. El criterio de gradiente frente a narrativa —evidencia que corrige, relato que no se autocorrige— rige los sistemas de reconocimiento: quién produjo algo, quién merece crédito, quién debe responder, quién debe recibir reparación. La libertad de pensamiento no se rige por ese mismo criterio, y no debería. Se rige por algo más cercano al principio del daño que John Stuart Mill formuló en el siglo XIX: una creencia merece protección mientras permanezca creencia y no se traduzca en coerción sobre terceros, sin que su corrección epistémica sea condición para esa protección. Un terraplanista, alguien que cree que el mundo descansa sobre el caparazón de una tortuga, y alguien que sostiene el modelo cosmológico mejor respaldado por la evidencia disponible merecen exactamente la misma protección frente al castigo por sostener lo que sostienen —no porque las tres posiciones sean epistémicamente equivalentes, que no lo son, sino porque la protección de la conciencia no se gana por tener razón. Convertirla en privilegio de quien razona mejor reintroduciría, por otra puerta, el mismo error que este ensayo denuncia en los sistemas de reconocimiento: usar un criterio de mérito exactamente donde no corresponde.

La cosmología de la tortuga que sostiene al mundo.
La cosmología de la tortuga que sostiene al mundo.

Esto no es, tampoco, una defensa ingenua de que toda narrativa vale igual, ni una entronización de la evidencia como jurisdicción suprema por encima de las otras dos. El cielo y el infierno, como creencias declaradas, viven enteramente dentro de la jurisdicción de la narrativa: no reclaman zanjar disputas verificables, no invaden el territorio de la evidencia, y por eso no entran en la crítica de los bloques anteriores. Lo que sí entra en esa crítica es la narrativa que invade la jurisdicción de la evidencia —la que decide un resultado, asigna un crédito, zanja una disputa— sin someterse a la obligación de corregirse que gobierna ese territorio. Declararse honestamente como interpretación no basta para quedar fuera de esta falla: se puede admitir abiertamente que algo es un relato y, en el mismo gesto, invadir el territorio ajeno tratándolo como si estuviera exento de objeción ahí. Y hay una segunda invasión, distinta de la anterior, que ocurre cuando a una narrativa —aunque permanezca perfectamente dentro de su propia jurisdicción como creencia— se le concede poder de coerción real sobre quien nunca la aceptó para sí: eso ya no es invasión de territorio epistemológico, es invasión de la jurisdicción de la conciencia individual. El infierno como creencia es inofensivo, porque respeta su propio territorio. El infierno aplicado en la tierra —una consecuencia real y forzosa por sostener cierto pensamiento— invade un territorio que nunca fue suyo, con completa independencia de si la doctrina detrás está o no está bien fundada.

Francisco Goya, Escena de Inquisición, c. 1808-1812. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid.
Francisco Goya, Escena de Inquisición, c. 1808-1812. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid.

Hay, finalmente, una distinción de dónde se libra esta batalla que conviene dejar explícita. Quien cree que su narrativa es la verdad no puede ser combatido por eso, y no hace falta combatirlo: es fuero interno, protegido siempre. Pero el proceso colectivo de adopción de una narrativa —cuando esa creencia deja de ser privada y empieza a pedirle a otros que la adopten— es un terreno distinto, y ahí sí, y solo ahí, tiene jurisdicción legítima el pensamiento crítico: exigir evidencia, señalar cuándo una narrativa se cuela sin declararse como tal, competir con mejores razones. Es exactamente en ese punto de transición donde nace el pensamiento crítico, no antes. Y es también, cuando ese terreno falla, donde un sistema deja de ser un mercado de ideas —donde compite quien tiene mejor razón— y se convierte en un mercado de amplitud, donde gana quien logra ser la señal más fuerte, más constante y mejor coordinada, sin que eso tenga relación alguna con quién tiene razón.

El ágora: donde nació la metáfora del mercado de ideas.
El ágora: donde nació la metáfora del mercado de ideas.

Una sociedad no se polariza solamente porque existan opiniones distintas. Eso es lo esperable, y lo sano, en cualquier comunidad que piense en voz alta. Se polariza cuando sus mecanismos de reconocimiento, de responsabilidad y de reparación dejan de corregirse mediante evidencia y empiezan a organizarse mediante narrativas identitarias mutuamente excluyentes, que no comparten ya ningún procedimiento común para verificarse entre sí. Cuando eso ocurre, las narrativas no dialogan. No pueden: no tienen con qué. Compiten, sin quererlo, por volumen.

Lo que empezó como un episodio menor —un crédito de cine redistribuido sin nuevo dato que lo justificara— resultó ser, mirado con suficiente atención, el punto de entrada a un problema que no tiene nada de menor: qué le pasa a cualquier sistema de reconocimiento cuando deja de preguntar quién lo hizo, y empieza a preguntar solamente quién lo paga.

La evidencia no siempre desaparece cuando la narrativa la cubre. A veces solo espera, debajo, a que alguien esté dispuesto a raspar.
La evidencia no siempre desaparece cuando la narrativa la cubre. A veces solo espera, debajo, a que alguien esté dispuesto a raspar.

Mauricio de la Maza-Benignos

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